La soledad no siempre nace de estar solo. A veces surge en presencia de otros, en vínculos que existen, pero no sostienen, en cuerpos que están, pero no habitan. Puede ser consecuencia de la pérdida, pero también de la distancia emocional, del silencio, de la imposibilidad de apoyarse en quien debería estar.
Este proyecto se construye a partir de un vacío acumulado: el que dejan las ausencias definitivas y el que provocan las presencias incompletas. Personas que desaparecen y personas que, aun permaneciendo, se vuelven inaccesibles. Ambas formas erosionan de manera silenciosa, ambas dejan huella.
La casa, tradicionalmente entendida como refugio, se transforma aquí en un espacio de resonancia emocional. No como protección, sino como contenedor del vacío.
En ese espacio intermedio se instala una sensación de desarraigo, de ruptura con uno mismo. La identidad se vuelve frágil, se diluye, se replantea. Tristeza, rabia y desconexión no aparecen aquí como estados aislados, sino como parte de un proceso de transformación silenciosa.